El Matrimonio, ordenado por Dios

Comprendemos ahora que el matrimonio no es algo que simplemente ha evolucionado gracias al razonamiento y al proceso civilizador del hombre, sino que fue ordenado por el Dios Creador.

¡Él lo dispuso como una unión santa que representara la fidelidad eterna entre Cristo y su Iglesia! Y el adulterio en todas sus formas es inmoral y malo porque el matrimonio es sagrado a los ojos del Dios Todopoderoso. El adulterio constituye una ofensa no solamente contra el esposo o esposa agraviado sino contra su hogar y sus hijos. Es una ofensa contra la sociedad porque choca contra el propio fundamento de una sociedad decente. Pero más que todo, es una ofensa contra el mismo Dios y contra una institución que Él estableció.

Hoy en muchos países la sociedad de hecho rechaza a Dios, buscando para el matrimonio un ideal romántico de tipo Hollywood. Con sutileza, anima a hombres y mujeres a quebrantar el pacto matrimonial si el esposo o esposa de su juventud no satisface sus deseos sensuales y egoístas. Cuando, en una sociedad, el matrimonio es visto como un carrusel donde la gente se sube y se baja a voluntad, entonces se pierden las lecciones de carácter esenciales que el matrimonio puede y debe enseñar: interés generoso por el cónyuge, paciencia, misericordia, humildad, servicio y fidelidad duradera. Tampoco se tienen en cuenta ni el sufrimiento de los hijos ni el daño irreparable que se les hace en la vida y en la mente, daño que se transmitirá a generaciones y matrimonios futuros.

La realidad es que Dios odia el divorcio, aunque permite que algunos matrimonios y hogares sean destruidos por este: «Porque el Eterno Dios de Israel ha dicho que Él aborrece el repudio…» (Malaquías 2:16). Y también: «El Eterno ha atestiguado entre tí y la mujer de tu juventud, contra la cual has sido desleal, siendo ella tu compañera, y la mujer de tu pacto» (v. 14). No hay duda de que Dios detesta el divorcio, aunque lo permite. Para aprender las lecciones que Él dispuso en el matrimonio, los verdaderos cristianos deben hacer todo lo posible por unirse a su cónyuge en cuerpo, mente y actitud. Deben esforzarse por comprender a su pareja, por compartir libre y alegremente sus planes, sus esperanzas y sus sueños. Y con la ayuda de Dios, podrán sofocar cualquier pensamiento de adulterio o lascivia que se presente. El pecado de lascivia se entiende mejor cuando comprendemos cuan justa y santa es, a los ojos de Dios, la sexualidad bien entendida dentro del matrimonio. El adulterio, así como el proceso de divorcio y nuevas nupcias suelen comenzar en el corazón.

Notemos cómo Jesucristo explicó este punto al magnificar y santificar la ley de Dios: «Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón» (Mateo 5:27-28). Jesús enseñó que se quebranta el séptimo mandamiento con solo dar entrada a ideas de lascivia por otra persona. Los pensamientos generan acciones. Por tanto, el desarrollo del carácter cristiano implica, para toda persona temerosa de Dios, que aprenda a orientar y canalizar los pensamientos; alejándolos de toda lascivia y deseo ilícito.

Mientras tanto, en las industrias que controlan los órganos de difusión más realistas, los cuales influyen en los jóvenes y los mueven a actuar (nos referimos al cine y a la televisión), un número creciente de producciones resaltan la sexualidad y la violencia o una combinación de ambas. ¡Y la sociedad moderna está pagando una pena terrible por esos pecados y abominaciones tan extendidos! Vemos cada vez más hogares desdichados por causa de las relaciones adúlteras de uno o ambos esposos. Vemos más familias deshechas por el divorcio. Más niños privados del amor y de la guía de ambos padres. Y las relaciones sexuales ilícitas antes del matrimonio, que Dios llama «fornicación», se están convirtiendo en epidemia entre los jóvenes de la sociedad actual. ¡Todas estas cosas constituyen una violación del séptimo mandamiento! Los jóvenes que degradan y destruyen la felicidad de su matrimonio futuro mediante relaciones prematrimoniales ilícitas ponen gravemente en peligro todo su futuro en esta vida. Si no se arrepienten y suspenden tan abominable práctica, obligarán a Dios, por necesidad eterna, a excluirlos de su Reino y de su vida y felicidad eternas (1 Corintios 6:9-10). Las leyes de Dios son siempre para nuestro bien y el de quienes nos rodean. Debemos obedecerlas. Debemos temer la posibilidad de caer entre los «abominables» y los «fornicarios» que «tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda» (Apocalipsis 21:8).

Obediencia al Séptimo Mandamiento

Dios tiene un consejo importante para quienes se sientan tentados a cometer fornicación o adulterio. En nuestra era, donde abundan los estímulos sexuales y la lascivia, resulta invaluable seguir este consejo si queremos entrar en el Reino de Dios y en la vida eterna. En 1 Corintios 6:18 Dios dice: «Huid de la fornicación». No dice que nos quedemos pensando en los deseos o las ideas de índole sexual. No dice que nos encontremos solos con el cónyuge de otra persona o con algún soltero o soltera que pueda constituirse en tentación sexual para nosotros. No dice que veamos revistas, películas o programas de televisión pornográficos ni que leamos libros que estimulen el apetito sexual. Dios sí dice que nos situemos tan lejos de estas cosas como sea posible. Que nos alejemos, que huyamos de toda tentación de cometer un pecado sexual.

La sexualidad no es un juego para ensayar y experimentar. Debe mirarse como una bendición dada por Dios dentro de la sagrada unión matrimonial que el Creador mismo estableció. Debe considerarse siempre con reverencia, y como expresión del amor altruista dentro de una unión cristiana ¡que refleja la fidelidad eterna entre Cristo y su Iglesia! Es urgente que la generación actual aprenda la lección de fidelidad perdurable dentro del matrimonio y el hogar. Tenemos que obedecer tanto la letra como el espíritu del séptimo mandamiento de Dios: «No cometerás adulterio» (Éxodo 20:14).

Introducción

Un matrimonio puede ser realmente dichoso. ¡Hay “claves” y principios confirmados por la experiencia que contribuyen a su felicidad! Nuestro éxito depende de nuestra voluntad de practicar estas claves en nuestra vida matrimonial.

Decenas de mujeres me han dicho con llanto en los ojos: “¡Mi esposo no me habla! Es distante. Ya no me dice nada. Aunque compartimos la misma casa y la misma comida, la mayor parte del tiempo me siento sola”.

La descomposición del matrimonio y la familia en las sociedades occidentales es una epidemia. Las estadísticas son espantosas, y serían mucho peores si no fuera porque millones de parejas optan por convivir sin el beneficio del matrimonio. Como no hubo boda, cuando estas parejas se separan, tampoco se registra un divorcio… cosa que sucede mucho más pronto que si se tomaran el trabajo de casarse.

Por estas situaciones debemos de tomar en serio nuestro matrimonio, trabajando juntos se logra más de lo que podemos imaginar.

En las próximas secciones sobre el Plan de Dios en el Matrimonio podremos encontrar como edificarlo y fortalecerlo.

¿Qué dice Dios?

¿Qué dice Dios sobre el divorcio y el verdadero significado y propósito del matrimonio? Es importantísimo comprenderlo, pues la historia muestra que toda nación cuya sociedad permita o haga que sus familias se desmoronen, acaba por desintegrarse. La mayoría de los historiadores señalan que “la descomposición de la familia” fue uno de los síntomas, si no una de las causas, de la caída del Imperio Romano.

No es extraño que la criminalidad juvenil haya aumentado en espiral desde hace décadas. No es extraño que hayamos producido una generación entera de jóvenes que obran mal al parecer sin temor alguno. Parece que no tuvieran conciencia. Son descarados en su sarcasmo y su rebeldía contra las normas de la sociedad y contra las leyes de Dios. Como ha observado más de uno, esta es la generación desafiante. En una profecía que sin duda se refiere simbólicamente a nuestros días, el profeta Isaías escribió: “Les pondré jóvenes por príncipes, y muchachos serán sus señores. Y el pueblo se hará violencia unos a otros, cada cual contra su vecino; el joven se levantará contra el anciano, y el villano contra el noble” (Isaías 3:4-5).

En el Nuevo Testamento, el apóstol Pablo dice que “en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita” (2 Timoteo 3:1-5). ¡Las personas así, ingratas, impías, implacables y desobedientes a los padres, difícilmente formarán un hogar y un matrimonio firme, estable y lleno de amor!

Lo que necesitamos, pues, son algunas “claves” para forjar un matrimonio basado en el amor a Dios y en los principios que Él nos dio, y que nos señalan el camino que debe seguir todo matrimonio para ser verdaderamente feliz.

Forjar un Matrimonio basado en el amor a Dios

La Escritura dice: “Si el Eterno no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican” (Salmos 127:1). Muchos lectores quizá deban volver atrás y convencerse de nuevo de que Dios    es real.   Nosotros no existimos “por   que sí”. Es obvio que nuestra mente humana fue creada por algo superior a nosotros. Las leyes que nos rodean, como las de gravedad, inercia y termodinámica, exigen que haya un gran Legislador. Los diseños magníficos del organismo humano, las plantas, los animales y los astros evidencian que hay un gran Diseñador. Las profecías inspiradas de la Biblia, que se han cumplido y se están cumpliendo ahora, patentizan la realidad de un Dios personal, un Dios que lleva el control del universo y que interviene en su creación. ¡Un Dios que está haciendo realidad un propósito supremo en la Tierra!

A medida que usted llegue a conocer al Dios real, comprenderá que Él sabe qué es lo mejor para usted en cada aspecto de su vida, entre ellos el matrimonio. Él es quien nos creó varón y hembra. Él es quien creó nuestro cuerpo y nuestra mente, y quien diseñó específicamente las diferencias entre nosotros e incluso las maneras diferentes como piensan los hombres y las mujeres y su modo particular de ver el mundo que los rodea.

Ese gran Creador hizo a la mujer y al hombre, y los hizo el uno para el otro. Ciertamente, Él sabe más que todos los sicólogos y consejeros matrimoniales sumados, cómo funcionan nuestro cuerpo y mente y cuál es el mejor modo de relacionarnos dentro del matrimonio. La Santa Biblia nos dice: “El Eterno Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente” (Génesis 2:7). Y más adelante leemos: “Dijo el Eterno Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él” (v. 18).

El varón solo no está completo. Adán sintió que estaba incompleto… y solitario. No tenía nadie de su especie con quién hablar e interactuar. No tenía nadie a quien amar y querer, nadie con quien pudiera sentir en lo más hondo de su ser que se pertenecían de verdad el uno al otro.

Nuestro Padre Celestial lo sabía.

Entonces Dios, haciéndolo caer en un profundo sueño, literalmente le sacó una costilla ¡y la convirtió en una mujer! Podría haberlo hecho de otra manera, desde luego, pero Él quiso demostrar tanto al hombre como a la mujer que ellos deben estar unidos. Por eso sacó algo del costado de Adán, cerca de su corazón, e hizo a Eva. “Dijo entonces Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona porque del varón fue tomada” (v. 23).

En el idioma hebreo original, este versículo dice así: “Esta será llamada Ishah [de Ish] porque fue tomada de Ish [varón]”. Fue así como Dios hizo una “ayuda” idónea para Adán (v. 20), alguien con quien él pudiera relacionarse, con quien pudiera compartir sus pensamientos, sus planes, sus esperanzas y sueños.

El propósito de Dios para el matrimonio

Es esencial comprender desde un principio que el hombre y la mujer fueron creados por Dios. Él dispuso que compartieran la vida en amor. Sin embargo, la mujer fue hecha como “ayuda” para el hombre. Fue hecha del hombre, y pese a todos los pronunciamientos de los “expertos” modernos, la mujer puede hallar su mayor felicidad y satisfacción relacionándose, ayudando y complementando a su marido en la vida matrimonial, dando a luz hijos y administrando un hogar.

Satanás el diablo, quien a su vez es muy real, hace todo lo posible para borrar este concepto de la mente de los jóvenes. Mediante sicólogos y consejeros matrimoniales, mediante las comunicaciones masivas y aun mediante el sistema educativo, está empeñado en atacar el plan de Dios para la familia. Está activamente publicando el concepto de que la humanidad no fue creada por un Dios real. Desea hacernos creer que evolucionamos “al azar”, que nuestra vida no obedece a ningún propósito supremo y que los hombres y mujeres no son esencialmente diferentes en muchas cosas, por lo cual no importa qué papeles asuman ni cuál de ellos sea el líder en la familia.

Ahora Satanás ha comenzado a difundir también en ciertos segmentos de nuestra sociedad la idea de que una “familia” no tiene que estar formada por un esposo y una esposa. Pueden ser dos o más personas del mismo género que simplemente “viven juntas”. Pero si usted cree en la Biblia, vea lo que dijo Jesús acerca del matrimonio: “¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo, y dijo: Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne? Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” (Mateo 19:4-6). Jesús sitúa a Dios en el centro de la escena. Muestra que Dios sí creó a la primera mujer para el primer hombre. Los hizo juntarse como marido y mujer, convirtiéndolos en “una sola carne” dentro de esta relación dispuesta por Él. La intención de Dios es que todos los matrimonios sean conforme a este ejemplo.

Jesús explicó que Dios permitió el divorcio entre esposos solamente a causa de la “dureza” de sus corazones. Y aun así, la única causal es la inmoralidad sexual. Jesús se refirió claramente a la “historia de la creación” en Génesis como un hecho. Reconoció que Dios “varón y hembra los hizo” (v. 4). También dijo respecto del matrimonio: “Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” (v. 6). Si en el corazón mismo de su matrimonio se encuentra esta profunda convicción, de que es Dios quien ordena el matrimonio, su probabilidad de éxito será infinitamente mayor.

La responsabilidad del esposo

Sin duda, un hombre no debe casarse con una mujer si no la ama sincera y verdaderamente. Reconozcamos, sin embargo, que millones de hombres desconocen el significado de la palabra «amor». Las películas y los malos ejemplos los han llevado a confundir «amor» con deseo. Parecen creer que un apetito sexual, bajo y animal, o el ansia de «obtener» satisfacción con otra persona del género opuesto, constituye el amor. ¡Nada más lejos de la verdad!

El amor verdadero implica dar. Es compartir los planes, las esperanzas, los sueños entre dos personas que anhelan forjar toda una vida conjunta hasta que la muerte los separe. Si no pueden hablar de sus cuitas, sonreír mirándose a los ojos, compartir pequeñas alegrías e intimidades y aferrarse el uno al otro en los momentos de prueba, entonces su amor no es un amor real.

El apóstol Pablo dio esta orden: «Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas» (Colosenses 3:19). Algunos maridos caen fácilmente en la «aspereza» y la amargura porque su mujer no da la talla de un ídolo angelical de perfección ¡que vive únicamente en sus fantasías! ¡Dios nunca dispuso que la esposa fuera un ídolo! No la diseñó para que fuera perfecta en esta vida, ¡como tampoco diseñó así al hombre! ¡No tuvo la intención de que ella fuera una perfecta ama de casa, madre, compañera y diosa sexual en una misma persona!

El Hacedor de todos nosotros la diseñó y la creó para ser una compañera dulce, una ayuda y una inspiración para un hombre que, a su vez, se diera a sí mismo, compartiera sus planes, esperanzas y sueños con ella, le diera ánimo y guía, y que además dirigiera (no controlara) el hogar con una actitud de confianza y amor.

Con mucha frecuencia, especialmente en nuestro mundo moderno, los hombres parecen creer que a la mujer es a la única a quien le corresponde hablar de cosas espirituales e instruir a los hijos en los asuntos de Dios y la Iglesia. Esto es un error, y todo hombre que incumpla su responsabilidad en este sentido ¡está vendiendo su primogenitura! Lo que Dios dispuso es que el hombre cumpla sus responsabilidades y sea el líder espiritual en el hogar.

Veamos esta afirmación en las escrituras: «Quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo» (1 Corintios 11:3).

Todo hombre tiene la oportunidad en la vida de ser el representante directo de Dios sobre su propia casa en: La enseñanza, la instrucción, la dirección y la inspiración de su esposa y sus hijos para que aprendan y obedezcan las palabras de la Santa Biblia y que adoren y sirvan al Dios que los creó. La mayor parte de las mujeres y niños responden al instante y con gusto cuando el hombre cumple con su deber. Los hombres tienen que darse cuenta de esto. Deben ser un ejemplo dinámico de dedicación a su Creador, de estudio de su Palabra, de oración a Dios antes de las comidas y de oración en familia, así como oración privada de rodillas en la habitación, clóset u otro lugar privado.

El hombre debe dar un ejemplo de dominio propio en el temor de Dios. Debe mostrar que es suficientemente hombre y suficientemente fuerte para dominar sus apetitos:  venciendo su afición al tabaco, controlando su consumo de alcohol y demás impulsos, restringiendo sus emociones y dirigiéndolas por las vías correctas, controlando y guiando su lengua conforme a la «ley de bondad». De esta manera le dará buen ejemplo a sus hijos o hijas, quienes jamás lo olvidarán. Es un ejemplo que, además, le ganará el respeto, la admiración y el amor de una esposa sensible y sabia.

Si usted está dispuesto a estudiar la Biblia y a ver lo que dice sobre el matrimonio, si está dispuesto, con la ayuda de Dios, a cumplir las enseñanzas, principios y ejemplos bíblicos en su matrimonio, entonces recibirá gran bendición. Si una pareja de recién casados se pone de rodillas y le implora a Dios sinceramente que la dirija y la guíe en su matrimonio, y si luego los dos estudian su Palabra inspirada y la siguen, tendrán una especie de «Cielo en la Tierra», al menos en lo que respecta a su vida matrimonial.

Aunque esto sorprenda a algunos que desconocen los caminos de Dios, no deja de ser un hecho. Yo he visto estos principios funcionar en mi propio matrimonio y en los de muchas parejas que confiaron en Dios. En la medida en que sigamos esta enseñanza, veremos los resultados.

¡A cada uno le corresponde tener a Dios en el centro  mismo de su matrimonio!, y buscar la voluntad de Dios de todo corazón y en todos los aspectos de su unión, ¡y luego cumplirla!

Compromiso y confianza

Una de las ceremonias nupciales tradicionales incluye la expresión «hasta que la muerte nos separe». Aunque muchos jóvenes desprecian esta idea, es absolutamente esencial que todo matrimonio se edifique sobre ella. Tal como hemos visto, Dios fue quien ordenó el matrimonio. Jesucristo fue quien dijo: «Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre» (Mateo 19:6). Si bien los sicólogos, consejeros  e incluso muchos  ministros  llamados  cristianos parecen deseosos de brindar toda suerte de «válvulas de escape» a los casados, ¡Dios no! Cierto es que la «inmoralidad sexual» (porneia en griego) es causal de divorcio reconocida por Dios, pero lo que la voluntad divina expresa, es que el matrimonio sea un compromiso ¡de toda la vida! Notemos este pasaje clave en la Biblia que es la revelación divina para la humanidad: «Esta otra vez haréis cubrir el altar del Eterno de lágrimas, de llanto, y de clamor; así que no miraré más a la ofrenda, para aceptarla con gusto de vuestra mano. Mas diréis: ¿Por qué? Porque el Eterno ha atestiguado entre ti y la mujer de tu juventud, contra la cual has sido desleal, siendo ella tu compañera, y la mujer de tu pacto. ¿No hizo él uno (la traducción correcta es: no los hizo él uno), habiendo en él abundancia de espíritu? ¿Y por qué uno? Porque buscaba una descendencia para Dios. Guardaos, pues, en vuestro espíritu, y no seáis desleales para con la mujer de vuestra juventud. Porque el Eterno Dios de Israel ha dicho que él aborrece el repudio, y al que cubre de iniquidad su vestido, dijo el Eterno de los ejércitos. Guardaos, pues, en vuestro espíritu, y no seáis desleales» (Malaquías 2:13-16).

En los versículos citados, Dios habla del matrimonio como un «pacto». Muestra que uno de los objetivos del matrimonio es producir «una descendencia para Dios». Es obvio que para ello se requiere una relación estable y amorosa. Tres veces en este pasaje, Dios habla de alguien que obra de modo «desleal» y desbarata un matrimonio.

Habla así porque, entre otras cosas, el matrimonio es una «prueba». Es una prueba para ver si seremos leales a las instrucciones divinas respecto del matrimonio y la pareja con quien compartimos esta relación santificada. ¿Cuánto «dará» usted de sí mismo a ese otro ser humano? ¿En qué medida tendrá paciencia, bondad y humildad con el fin de que la unión funcione? Además, Dios dice que Él «aborrece» el divorcio (v. 16). No aborrece a los divorciados, pero sí odia el egoísmo, la lujuria, la vanidad, el egocentrismo y la «deslealtad» que casi siempre están presentes cuando un matrimonio se deshace en un divorcio.

La poderosa enseñanza del apóstol Pablo debe tenerse en cuenta en todo matrimonio: «Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella» (Efesios 5:22-25). Estos versículos muestran claramente que el matrimonio es un símbolo de la relación entre Cristo y la Iglesia. La relación es de total sumisión el uno al otro y a la voluntad de Dios. Debe ser una relación que se mantiene «hasta que la muerte nos separe». Debe simbolizar el amor, el interés total y generoso por el otro, así como la confianza y estabilidad que de ello resultan y que existen entre Cristo y su Iglesia.

Un buen matrimonio requiere esfuerzo

Para tener este tipo de relación ordenada por Dios en el matrimonio, ¡ambas partes tienen que esforzarse! Tienen que dedicar a su unión la energía y el razonamiento que un científico dedicaría a un invento importante. Las parejas que alcanzan verdadero éxito y felicidad  jamás  dan por sentado su matrimonio. Las parejas realmente cristianas oran con frecuencia por su matrimonio. Estudian la Biblia y otras fuentes para mejorar su relación. Y asumen el compromiso mutuo de hacer durar su unión «hasta que la muerte los separe».

Todo esto va forjando dentro del matrimonio un sentido de confianza y estabilidad. Como escribió el autor de los Proverbios: «Mujer virtuosa, ¿quién la hallará? Porque su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas. El corazón de su marido está en ella confiado, y no carecerá de ganancias. Le da ella bien y no mal todos los días de su vida» (Proverbios 31:10-12). ¡Qué hermosa imagen de servicio amoroso y dedicación de parte de una esposa piadosa! Una esposa merece la más profunda estimación, como un tesoro.

Un hombre con una esposa realmente amorosa debe responder a la misma altura «dando su vida» por ella: amándola, honrándola, protegiéndola, sustentándola y sirviéndola en todas las formas. Además ningún esposo debe permitir nunca, jamás, que su mente o sus emociones se envuelvan románticamente con otra mujer. Jesucristo llama adúltero a este tipo de pensamiento lujurioso: «Yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón» (Mateo 5:28).

Si la persona acostumbra cometer esta clase de traiciones, no solamente causará estragos a su esposa y su matrimonio, sino que también causará profunda pena y dolor (por no hablar de ira) al esposo de la otra.

Aquel que nos hizo hombre y mujer nos dice: «Mas el que comete adulterio es falto de entendimiento; corrompe su alma el que tal hace» (Proverbios 6:32). Algunas versiones traducen del hebreo original como «es falto de corazón» en vez de «es falto de entendimiento», porque una conducta tan mal concebida, tan perversa y egoísta, acabará por «desgarrarle el corazón» a un esposo amoroso que descubre que lo han defraudado y deshonrado de este modo. Y lo mismo puede decirse de la esposa que se ve defraudada. Los sentimientos profundos de amor y confianza, de hogar y familia, de profunda dedicación y seguridad, ¡se rompen en mil pedazos! Con razón este pasaje prosigue así: «Porque los celos son el furor del hombre, y no perdonará en el día de la venganza. No aceptará ningún rescate, ni querrá perdonar, aunque multipliques los dones [regalos]» (vs. 34-35).

Todos los que estamos casados, o que podemos estarlo en el futuro, debemos asumir el compromiso profundo de honrar nuestro matrimonio en todo. Debemos estudiar la palabra de Dios sobre este tema, orar diariamente por nuestro matrimonio y familia, agradecer a Dios con frecuencia el habernos dado una pareja cariñosa y fiel, y hacer todo lo que esté de nuestra parte, con la ayuda de Dios, para forjar un profundo sentimiento de amor, confianza y estabilidad en nuestra unión. «Goza de la vida con la mujer que amas, todos los días de la vida de tu vanidad que te son dados debajo del sol, todos los días de tu vanidad; porque esta es tu parte en la vida, y en tu trabajo con que te afanas debajo del sol» (Eclesiastés 9:9). ¡En esta vida física, no hay bendición mayor que una relación santificada como esta!

Comunicación sincera y cordial

Como se dijo antes, veintenas de mujeres me han dicho con desesperación: «¡Mi esposo sencillamente no me habla! Por eso no hay intimidad entre nosotros: él no me cuenta nada. Se sienta con cara de aburrido a la hora de la cena y por la noche se pone a leer el diario o a mirar televisión».

El anterior ejemplo es típico de millones de parejas. En muchos casos, uno de los dos al menos cree que se está comunicando. Pero el otro (normalmente la mujer) sabe que no es así y se siente sola y frustrada. Siente que ella y su marido simplemente viven en la misma casa. No necesariamente pelean ni se hacen daño físico o siquiera verbal. Pero no hay esa cercanía, esa comunicación abierta, ese compartir de dos vidas ni ese amor que debería existir.

Cierta autoridad en el tema citó a una mujer que llevaba diez años de casada, y que habló así de su matrimonio: «Me parte el alma. Antes de casarme, salía a un restaurante y me bastaba dar una mirada al salón para saber quiénes eran casados y quiénes no. Si la pareja comía en silencio total, o si la mujer parloteaba mientras el hombre comía haciendo de cuenta que ella no estaba allí, entonces eran casados. Yo me propuse que eso jamás me sucediera… pero me sucedió».

¿Por qué hay casos como este? ¿Por qué los esposos y esposas (los que más deberían comunicarse a fondo) no lo hacen?

Amar significa compartir. Todo esposo que se precia de serlo debe cultivar el hábito de comentar sus planes y esperanzas con su esposa, contarle sus pensamientos y deseos más profundos… ¡y no sólo los negativos! De este modo, le hace sentir que ella verdaderamente es «parte» de él. Esta actitud y este trato son mucho más importantes para una mujer de lo que se imaginan los hombres. No obstante, muy pocos comparten su vida en esta forma con su pareja.

¿Por qué?

Los recién casados suelen esforzarse por aprender y adaptarse a las actitudes y preferencias del otro. Les agrada intercambiar opiniones sobre casi todo.

Pasan algunos meses, y después de conocer mutuamente sus opiniones, cuando les parece que entienden sus actitudes, el interés y la emoción de «llegar a conocerse» termina.

Al proseguir la vida en común, y con la llegada de los hijos, la mujer suele interesarse y hablar cada vez más de sus hijos y de mil detalles domésticos que en general son de escaso interés para el marido. La pareja cree conocer lo que el otro piensa de ciertos temas y no se toma el trabajo de comentar.

Respecto de sus hijos, la mayoría de los esposos solamente quieren escuchar lo bueno. Si la esposa le confía los problemas detallados de la crianza de la familia, él se irrita o se aburre. Cuando los hijos están pequeños es cuando más siente la esposa que le hace falta su marido. Sin ningún adulto en la casa con quién hablar, el marido con frecuencia se escabulle detrás del diario o prende el televisor antes que soportar lo que para él es «la repetición de la repetición» de una sarta de frustraciones domésticas.

Un esposo debe tratar a su esposa como su «novia». Debe cultivar y forjar un ambiente de amor, romanticismo e intimidad en el hogar, saludándola con un beso, tomándole la mano cuando salen a caminar y abrazándola con frecuencia durante el día y manifestando su cariño de un modo abierto y generoso.

El amor verdadero implica un profundo y permanente respeto. El hombre debe sentir gratitud para con esa mujer que ha decidido unirse a él por encima de todos los demás y hasta la muerte. Debe respetar este hecho, así como las muchas cualidades de ayuda, paciencia y servicio que prácticamente toda esposa posee. Debe fomentar lo mejor que hay en ella y no tratarla con menosprecio ni críticas humillantes, las cuales, la mayoría de las veces, sólo logran rebajarla y hacerla responder de igual forma.

El hombre debe respetar a su esposa como un ser humano adulto hecho a la imagen de Dios. Tiene que comprender que un día, conforme al plan de nuestro gran Creador, ella será un ser espiritual glorificado y gobernará junto con Cristo sobre la Tierra. ¡Incluso, regirá sobre los ángeles! (1 Corintios 6:3).

Cuando hay comprensión y respeto, todo marido que sea verdaderamente cristiano debe compartir sus ideas, sus planes y su vida con aquella hermosa persona que eligió como compañera para siempre. «Mi esposa es mi mejor amiga» debe ser no una expresión superficial sino una realidad. La pareja que es una verdadera amiga nos ayuda a elevar la autoestima, nos anima en los momentos difíciles y nos hace sentir siempre acompañados. Las parejas que pueden hablar sinceramente de lo que es importante para los dos, incluida su propia relación, son mucho más felices y tienen mayor posibilidad de disfrutar de un matrimonio estable y duradero. Aunque se perciba algún riesgo al abrir el corazón a otro, resulta mucho mejor hablar sobre los problemas que encerrar las heridas y los malos entendidos hasta que se enconen y revienten.