Comuníquese de un modo positivo

Recuerde que el hecho de «escuchar» las penas y preocupaciones más íntimas de nuestra pareja no implica automáticamente «juzgar» ni aconsejar. A menudo, lo que más conviene es simplemente escuchar. Luego, con el tiempo, su pareja probablemente le pedirá su consejo o comentario. Pero debe hacerse por iniciativa de la otra persona, no la suya. A nosotros nos corresponde mostrar amor e interés sinceros. Debemos estar dispuestos a dedicar tiempo a nuestro cónyuge para «escuchar», manifestando interés genuino por lo que está diciendo y viviendo. En este proceso, aprenda a hacer preguntas y animar a la otra persona a hablar a fin de captar bien la situación: «Dime más». «Ya veo». «¿He entendido bien lo que quieres decir?» «No me había dado cuenta. Por favor ayúdame a entender más a fondo para que tu preocupación sea mía también». Expresiones como estas señalan el interés y el cariño que uno siente por el otro.

¡Nunca, jamás se aproveche de la franqueza o la confesión de su pareja! La hará cerrarse como una almeja en el futuro. Tome las intimidades verbales que ustedes comparten en el matrimonio como algo sagrado, que se ha de guardar dentro de la mayor confianza y que nunca saldrá de ustedes dos ni servirá de «garrote» para tomar ventaja en una discusión o en cualquier situación que se presente en adelante.

Al mismo tiempo es de vital importancia tener una actitud de admiración y respaldo hacia su cónyuge. El elogio debe ser sincero y, la mayoría de las veces, específico: Felicitar  a su esposa por la cena que preparó con tanto cariño y esmero, elogiar al marido por levantarse primero y preparar el café. Estas son palabras de consideración y agradecimiento que inspiran al otro y fomentan el amor dentro del matrimonio. Pensemos en esta palabra: «agradecimiento». Jamás olvido las expresiones reiteradas de gratitud y aprecio pronunciadas por mi madre. Esas palabras nos movían a todos a amarla y apreciarla más, y con seguridad contribuyeron mucho a la felicidad y estabilidad de la unión entre mis padres, que fue larga y llena de gozo.

Recuerde que especialmente en el matrimonio, debemos procurar que nuestra comunicación sea positiva. ¡No es positivo andar quejándose o criticando al otro! Las afrentas y los reproches son destructivos para el matrimonio y hay que evitarlos a toda costa. ¡Es una verdadera idiotez que un hombre se la pase fustigando y corrigiendo a su esposa! ¿Acaso ella puede  responder cariñosamente cuando el marido no hace sino condenarla y rebajarla? La Biblia dice muy claramente que la esposa hace igualmente mal si se la pasa quejándose o sermoneando a su esposo. «Mejor es vivir en un rincón del terrado que con mujer rencillosa en casa espaciosa» (Proverbios 21:9).

De nuevo, el intercambio cariñoso y positivo de información, así como los planes y sueños compartidos por los esposos, son la esencia de un matrimonio feliz. ¡Piénselo! Hasta Dios «comparte» sus esperanzas y planes con nosotros, ¡simples mortales! «Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer» (Juan 15:15). Si el Cristo viviente tiene suficiente interés por nosotros como para compartir «todas las cosas» que oyó de su Padre, ¿cuánto más debemos estar dispuestos nosotros a abrirnos y exponer nuestras ideas y sueños con nuestro propio cónyuge?

Trabajen y sueñen juntos

Recuerden juntos el pasado y revivan los pensamientos cuando tal vez sentados en la ladera de una colina pensaban en el futuro. Comenten y analicen esos sueños con cariño y comprensión el uno por el otro. Luego esfuércense y oren juntos para hacerlos realidad.

De la misma manera, vuelvan a vivir las esperanzas y aspiraciones de una joven que solía andar sola al atardecer por los campos de su padre, soñando con un esposo y un hogar, con hijos, seguridad, cariño, risas y alegría. Esfuércense juntos para hacer realidad los sueños de ella.

Aprendan a responder el uno al otro de modo abierto y amoroso. No guarden secretos indebidos. No guarden rencores. Esta vida es la única que tienen, su pareja es la única que tienen y es su único amor. Aprendan a pensar y sentir al unísono, resolviendo todos sus problemas juntos, en equipo. La tranquilidad y el aliento mutuo que sentirán, unido al amor caluroso que vivirán, traerá una dimensión adicional de comprensión y un mayor sentido de propósito y alegría en la vida, que no se alcanzan de ningún otro modo. Sin duda, «no es bueno que el hombre esté solo» (Génesis 2:18).

Casarse es estregarse por completo

Más que cualquier otro ser humano, Jesucristo manifestó el amor de Dios. Lo hizo de muchísimas maneras, pero una de las más importantes y obvias fue que dio su vida voluntariamente y derramó su sangre para ser nuestro Salvador.

Tal como hemos visto, la relación entre Cristo y la verdadera Iglesia simboliza la relación entre el marido y la mujer. Después de una vida de dar y servir, al finalizar su tiempo como ser humano, Jesucristo se dio a sí mismo por la Iglesia. Asimismo se instruye a los esposos: «Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha. Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama» (Efesios 5:25–28).

Normalmente, cada uno de nosotros piensa en sus propias necesidades. Nos ocupamos de nuestros propios deseos. Nos damos gusto en lo que queremos. Pero en el matrimonio Dios nos ha hecho «una sola carne» y debemos aprender a pensar como tal. Debemos considerar constantemente las necesidades y deseos de nuestra pareja y pensar cómo atender a nuestra «media naranja». Esto implica pensar y planear y ejercer dominio propio. Implica darse a sí mismo a otro ser humano. ¡Eso es el matrimonio! ¡De eso se trata!

Uno de los dichos más importantes de Jesucristo lo encontramos en el libro de los Hechos, donde el apóstol Pablo consignó estas palabras: «En todo os he enseñado que es así, trabajando, como se debe socorrer a los débiles y que hay que tener presentes las palabras  del Señor Jesús, que dijo: Mayor felicidad hay en dar que en recibir» (Hechos 20:35, Biblia de Jesuralén). Especialmente en el matrimonio, realmente hay mas felicidad en dar que en recibir. Es así porque en la mayoría de los casos, mientras más damos, más recibimos. Mientras más sirvamos, infundamos ánimo y demos, más encontramos que nuestra pareja tiende a hacer lo mismo. Ambos damos. Ambos servimos. Ambos sentimos gusto y aun dicha por el cariño y el aprecio que este círculo virtuoso genera en nuestro matrimonio.

Todo esposo debe siempre reflexionar concienzudamente, preguntándose cómo puede incrementar la alegría y satisfacción de su esposa en la vida. Quizás sea ayudándole a lavar la loza y con los quehaceres domésticos. O más bien, debe hacer prácticamente todo el trabajo pesado en casa. Podría animarla a dormir más, a hacer más ejercicio, tener más horas de distracción o un cambio de rutina. Si la familia tiene los medios, podría sacarla a cenar una o dos veces por semana, o llevarla unos días de «luna de miel» para romper la rutina normal de su trabajo. Sin duda puede enriquecer la vida de su esposa y la suya  propia  invitándola  a  conciertos  sinfónicos, museos de arte, conferencias educativas y otras actividades edificantes. Todas estas cosas, dentro de lo que sea apropiado en cada situación individual, son solo algunas maneras en que un esposo puede «dar» a su esposa.

A su vez, la esposa debe reflexionar con frecuencia sobre cómo puede enriquecer la felicidad de su esposo así como su vida física, emocional e intelectual. Podría preparar sus comidas favoritas con más frecuencia. O bien, puede animarlo a hacer más ejercicio y a dormir más, y a que se cuide para prolongar su vida. Quizás pueda hacer una siesta por la tarde o después del trabajo, o bañarse y cambiarse de ropa para verse y sentirse más despierta y bonita cada tarde, como hacía en el noviazgo. Puede alentarlo a expresar sus opiniones sobre los hechos de actualidad o temas espirituales. De una manera u otra, ella puede responder generosamente al cariño de su esposo y hacer lo que esté a su alcance para que él se sienta apreciado… y muy agradecido por haberse desposado con una mujer tan amorosa.

Muchos dicen que el matrimonio debe ser un arreglo de 50–50. El hombre lleva la mitad de la carga y la mujer lleva la otra mitad. Sin embargo, ¿quién determina cuál es la «mitad» de cada uno si no están de acuerdo? El verdadero amor implica dar sin esperar nada a cambio. Es dar el ciento por ciento… e ir más allá de lo que creemos que nos «corresponde».

Cristo habló de este principio de hacer más de lo que nos corresponde cuando dijo: «A cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos» (Mateo 5:41). Sí, aunque humanamente no le agrade, lleve la carga otra milla en favor de su pareja. Dios suplirá lo que a usted le falte. Pídale ayuda para dar más afecto, amor y respeto, y con el tiempo recibirá las recompensas y beneficios de un matrimonio mejor.

Piense, pues, en maneras de dar a su cónyuge. Algún pequeño regalo o unas palabras de aprecio hacen mucho. Un abrazo o beso inesperado no requieren esfuerzo de nuestra parte y pueden ser un tesoro para el otro. Una pregunta sencilla como: «¿Cómo te fue hoy?» puede ser como un regalo para su esposo o esposa, si abre la puerta a la expresión de sentimientos e ideas personales.

Conozco a una pareja que vive muy ocupada y sin embargo saca  tiempo  para demostrar su amor e interés recíproco.  Cierta noche,  mientras  ella servía  la cena, le  preguntó al esposo: «¿Necesitas algo más?» Él sonrió y dijo: «Necesito tu amor». Ella también sonrió. Entonces él apartó su silla de la mesa, ella se sentó en su regazo y se abrazaron y se besaron. Esta espontaneidad, este anhelo de darse el uno al otro, no puede menos que generar un ambiente de amor y paz.

No siempre es romántico ni es siempre idealista, pero noche y día, año tras año, la pareja feliz se esfuerza por «dar» de sí al otro. Cada uno procura, por todos los medios posibles, ayudar a su pareja a hacer realidad todo el potencial humano que Dios dispuso. ¡No «obtendremos» un matrimonio feliz si no aprendemos a dar un matrimonio feliz!

Aprendan a perdonar

Otra necesidad absoluta en un matrimonio realmente feliz es el perdón. Cuando dos personas comparten toda su vida, cuando están juntas buena parte de cada día y de la noche, es inevitable que surjan algunos roces. Al fin y al cabo, somos humanos. La mejor manera de resolver este problema, es hacer lo que Dios ordena.

Enfurruñarse, amargarse, pensar mal del otro o atribuirle toda la culpa resulta insensato. No sirve sino para crear más problemas, más disgustos y posiblemente hasta un divorcio. Ciertamente, como hemos visto, hay que hablar de las ofensas y los malos entendidos. Procure escuchar de verdad el punto de vista del otro. ¡No se quede allí pensando en lo que usted va a decir! No piense cómo va a contraatacar o a «desquitarse».

¿Desquitarse?

¿Desquitarse con quién? Si usted capta plenamente y acepta el hecho de que usted y su pareja son «una sola carne» unida para Dios por toda la vida, ¡entonces no intentará «desquitarse» consigo mismo! El mal se lo haría a sí mismo.

Si después de una discusión familiar o de un desacuerdo serio con su pareja sobre alguna ofensa, sea real o imaginaria, usted sigue enojado o molesto con el otro, ¿qué debe hacer? Nuevamente, debe hacer lo que Dios siempre manda en esas situaciones: ¡perdonar al otro!

«¡Pero la culpa fue de él, o de ella!» decimos. «Y además, ¿cómo voy a perdonar si ni siquiera me ha pedido perdón?» La oración ferviente y la guía de Dios nos enseñan a perdonar a toda clase de personas por todo tipo de «males» reales o imaginarios que nos hayan hecho: el conductor que se nos atravesó a la entrada de la autopista, el niño vecino que escucha su música rock a todo volumen por la noche o la vecina que estuvo chismeando de nosotros.

Hablando de acciones muchísimo peores que estas, Jesucristo que es nuestro máximo ejemplo dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34).

Todos debemos llegar a comprender que la mayoría de las personas no nos hacen daño «con intención». No es su intención obrar mal. Simplemete son humanos. Pronuncian palabras ofensivas sin pensarlo o actúan de modo nocivo sin reflexionar sobre lo que realmente hacen. Y muchas veces, eso «duele».

Sin embargo, Aquel que dio su vida por nosotros también nos instruye así: «Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas» (Mateo 6:14–15). Si de este modo debemos perdonar a todas las personas, ¿cuánto más debemos perdonar a nuestra preciosa pareja que se ha convertido en nuestra propia carne y hueso?

Si su esposo continúa entrando en la casa con los zapatos sucios con lodo del jardín o grasa del taller, no es el fin deol mundo. Si su esposa continúa quemando las tostadas una o dos veces por semana, no es cuestión de vida o muerte.

Aprenda a dirigirse a su cónyuge de un modo constructivo. Hable las cosas, desde luego, pero si algunas de estas flaquezas humanas persisten, incluso por años, entonces usted continúe perdonando. ¿No es mejor raspar las tostadas quemadas de vez en cuando, que vivir solo, comer sin compañía y no tener con quién hablar o calentarse en las noches frías? No olvide jamás estas palabras de Jesús: «Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete» (Mateo 18:21–22).

El espíritu del perdón

Es importante que con frecuencia le roguemos a Dios que nos dé el «espíritu de perdón». Para algunos, parece terriblemente difícil perdonar a los demás. Es casi como si les agradara guardar rencores y resentimientos durante años.

Recuerde que nuestra ira contra otros humanos generalmente no les hace daño a ellos. ¡Quizá ni siquiera estén enterados! En cambio, a nosotros sí nos hace daño. Nos torna abatidos y de un mal humor que es muy difícil de sobrellevar. Los profesionales saben que estas emociones negativas son factores que contribuyen a causar úlceras, trastornos digestivos, presión alta, e incluso ataques cardiacos. ¡Las emociones negativas nos pueden matar!

Pídale al Padre celestial que le ayude a superar esta tendencia y a amar y perdonar a todo el mundo, ¡especialmente a su cónyuge! Procure cambiar su modo de pensar para no sentirse ofendido tan fácilmente. Recuerde que Dios es el «Padre de misericordias» (2 Corintios 1:3). Al darse cuenta de su propia necesidad de que lo perdonen una y otra vez, pídale a Dios que le ayude a perdonar a otros.

El apóstol Pedro les dice a todos los hombres que den»honor» a su esposa, «como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo» (1 Pedro 3:7). Prosigue con unas instrucciones que se aplican a toda la vida cristiana pero especialmente a la vida matrimonial: «Sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables; no devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino por el contrario, bendiciendo, sabiendo que fuisteis llamados para que heredaseis bendición. Porque: El que quiere amar la vida y ver días buenos, refrene su lengua de mal, y sus labios no hablen engaño. Apártese del mal, y haga el bien; busque la paz, y sígala» (vs. 8–11).

Debemos ver el matrimonio como una especie de «taller» donde aprendemos cómo dar, cómo compartir y cómo perdonar a los demás continuamente. Al estudiar atentamente los versículos anteriores, se hace obvio que Dios quiere que aprendamos a tratar a nuestra pareja con especial bondad y cortesía. En la mayoría de las uniones, cada miembro de la pareja aprende muy pronto a subestimar al otro. Tiende a descuidarse y a hablarle al otro sin delicadeza ni respeto. Puede olvidar que es fácil herir con palabras y acciones desconsideradas. Pueden olvidar la importancia vital de «buscar la paz y seguirla» en el matrimonio.

¡Piénselo! Piense que a su pareja probablemente le cuesta soportar todos los actos de egoísmo y las idiosincrasias que lo caracterizan a usted (¡y a todos nosotros!). Si la situación fuera a la inversa, ¿desearía usted soportarse a sí mismo?

Nadie puede vivir con alegría si guarda adentro ofensas y rencores, especialmente contra su pareja. Siendo así, aprenda, con la ayuda de Dios, a perdonar a su cónyuge todos los días y sigan adelante los dos, forjando una relación verdaderamente íntima y amorosa.

Edifiquen su propio reino familiar

Construir un matrimonio feliz también incluye la idea de construir un «reino familiar». Hay un dicho que dice: «La casa de un hombre es su castillo». Esto se debe aplicar a toda la familia, donde él es el rey, su esposa es la reina amada y los hijos son los príncipes y princesas reales que deben formarse correctamente para cumplir sus obligaciones futuras. Los padres colaboran con entusiasmo para asegurar que estos futuros líderes reciban el apoyo, la guía, la disciplina y la formación necesaria para el papel importante que cumplirán en el porvenir.

La combinación inteligente y feliz de estos dos conceptos en el matrimonio, o sea la unión abierta y amorosa de dos cuerpos, corazones y mentes y la creación de ese «reino familiar», puede y debe generar una oportunidad y un ambiente en que el varón y la mujer hallan su plena realización. Esta realización la describe el Salmista diciendo: «Bienaventurado todo aquel que teme al Eterno, que anda en sus caminos… Tu mujer será como vid que lleva fruto a los lados de tu casa; tus hijos como plantas de olivo alrededor de tu mesa» (Salmos 128:1, 3).

Una vez que captamos y asimilamos estos conceptos relacionados con el significado y propósito del matrimonio, ¿por qué no proponernos edificar nuestra unión y nuestro hogar en torno a ellos? En vez de un marido y una mujer aburridos y sin interés por conocer los pensamientos del otro, ambos deben sentir un enorme entusiasmo por el «reino familiar» en miniatura que están construyendo juntos. Habrá un interés común y un propósito común que los lleve a enseñar y a mejorar su hogar y su posición económica y a planear el futuro: su futuro.

En un matrimonio realmente dichoso, no es «mi casa», «mi auto» ni «mi cheque del sueldo», sino que la actitud es: «nuestra casa, nuestros ingresos, nuestro futuro».

 

Construyan juntos su «castillo»

Es así como la actitud compartida será una que mira siempre hacia adelante y que planea las mejoras en aquel «castillo» que es su casa. Se tendrán en cuenta siempre los conocimientos, el gusto y la habilidad de la mujer en temas como la decoración del hogar, el cuidado del jardín y la obtención de los electrodomésticos. Toda compra grande, como la de una casa o un automóvil, será un proyecto de familia, que brinda la oportunidad y el beneficio de que el esposo y la esposa compartan esta experiencia.

¿Qué no tienen nada de qué hablar?

Al contrario, tienen mucho de qué hablar. Esa es la respuesta correcta.

Sin caer en necedades ni fantasías, los casados deben verse como «socios» en una gran aventura: la de construir juntos una carrera, un negocio y una vida. Deben estar de acuerdo en su manera de relacionarse con amigos, familiares y conocidos. Con la plena participación de los dos, deben discutir y planear su estrategia conjunta y plantear en detalle lo que cada uno puede aportar para acercarse más a sus metas en la vida.

También están los hijos. ¡Son un vasto terreno de conversación, planeación, resolución conjunta de problemas e intercambio de esperanzas y sueños!

Es muy grande el sentido de unidad que se genera al hablar con frecuencia de las metas familiares. Si los dos trabajan, quizá convenga hablar detenidamente de cómo apartar lo suficiente para que ella pueda dejar de trabajar luego de algunos años y empiecen a tener hijos. Más adelante, los dos deberán planificar el aspecto económico y otros detalles para el momento en que él o ella, o ambos, tengan que jubilarse. ¿Cómo se darán el lujo de hacerlo? ¿A dónde podrán mudarse para reducir los gastos? ¿Qué estilo de vida les brindará a ambos las satisfacciones personales que necesitan a medida que se presentan estas situaciones? ¿Podrán montar algún negocio casero que les permita seguir ganando al menos un ingreso modesto después de que uno o ambos se jubilen?

Si el marido y la mujer pueden trabajar juntos como un «equipo», su matrimonio puede tener muchísimo más sentido para ambos.    Cada   uno  estará  siempre  aportando  al  «reino  familiar». Cada uno estará dando, construyendo y compartiendo la gran aventura de la vida, ¡unidos de un modo muy especial!

El romanticismo es de vital importancia

Hemos dejado el tema del «romanticismo» para el final. Aunque es el catalizador que atrae a los jóvenes, con frecuencia les hace olvidar la importancia de los demás aspectos dentro del matrimonio, muchos de los cuales acabamos de tratar.

Sin embargo, debemos tener cuidado de no dejar el «romanticismo» o los sentimientos por fuera. Por mucho tiempo que lleven dos personas casadas, por «ancianas» que parezcan, no pierden la necesidad de recibir cariño ni de vivir un amor romántico. El deseo de besar y de abrazar, de «tener a alguien», es casi tan fundamental para muchos como lo es respirar. ¡Lo cual no tiene nada de malo!

El gran Dios Todopoderoso que nos hizo varón y hembra diseñó específicamente nuestras partes íntimas. Hizo al varón y la mujer atractivos el uno para el otro. Puso dentro de nosotros los sentimientos y emociones que nos llevan a la expresión sexual. ¿Cuál es la primera constancia escrita de una orden impartida por Dios a Adán y Eva? «Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla» (Génesis 1:28).

Notemos que al dar a nuestros primeros padres el «regalo» de la sexualidad y la reproducción humana, Dios «los bendijo». Es así porque la sexualidad, bien entendida dentro de los confines de la unión matrimonial, ciertamente es una bendición. En el sentido físico, produce la unión total del corazón, la mente, las emociones y los cuerpos de dos seres humanos tan profundamente enamorados que se han entregado mutuamente por toda la vida. Como hemos visto, al juntarse representan la unión total que un día será realidad entre Cristo y la verdadera Iglesia de Dios (Efesios 5:22–25).

¡Esta unión ordenada por Dios de un hombre y una mujer dentro del matrimonio es tan importante, que Dios la protege con uno de los diez mandamientos! «No cometerás adulterio» (Éxodo 20:14). Jesucristo, además, amplió o profundizó este mandamiento, haciéndolo aun más firme: «Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón» (Mateo 5:27–28).

Si la unión sexual dentro del matrimonio sirve como una reafirmación del amor, la confianza, el espíritu de dar de cada cónyuge al otro, entonces es algo hermoso y sagrado a los ojos de Dios. Es, además, algo que no debe degradarse presentándolo como algo burdo y grosero por su presentación constante en películas, programas televisados y otros medios de comunicación. Esto solamente rebaja gravemente aquello que Dios dispuso como la expresión  física suprema  del  amor  matrimonial y como símbolo de la unión entre Cristo y su Iglesia.

Como todos podemos ver, Satanás es «diabólicamente» astuto en la forma como degrada y abarata las bendiciones de Dios incitando al mal uso de las mismas. Incitando a millones de personas a abusar de este regalo que es la sexualidad, Satanás puede deshacer la base dispuesta por Dios para toda sociedad decente: el hogar y la familia. ¡Esto es exactamente lo que está ocurriendo en la mayoría de nuestras sociedades ahora! Lo que Dios desea es que los jóvenes casados se amen plenamente. Su revelación inspirada nos dice: «Honroso sea en todos el matrimonio, y el lecho sin mancilla; pero a los fornicarios y a los adúlteros los juzgará Dios» (Hebreos 13:4).

La Biblia también nos instruye así: «Sea bendito tu manantial, y alégrate con la mujer de tu juventud, como cierva amada y graciosa gacela. Sus caricias te satisfagan en todo tiempo, y en su amor recréate siempre. ¿Y por qué, hijo mío, andarás ciego con la mujer ajena, y abrazarás el seno de la extraña?» (Proverbios 5:18–20).

Cuando un par de jóvenes se enamoran, suelen pasar mucho tiempo en actividades románticas. Dan largas caminatas bajo la luna. Cenan en algún café romántico. Quizá salgan a bailar. Se toman de la mano, ríen juntos y se esfuerzan por entender y apreciar a fondo a este ser que están considerando como su posible pareja para toda la vida. Casi siempre andan limpios, arreglados y quizá hasta perfumados. Harán todo lo posible por «presentarse bien» en todos los detalles.

En cambio, terminado el período del noviazgo, la boda y la luna de miel, la mayoría de las parejas empiezan a descuidarse. El esposo quizá no se bañe bien antes de acostarse. La esposa se deja el cabello como un trapero o anda mal vestida dentro de la casa. Tal vez «se le olvida» bañarse o ponerse un vestido atractivo y arreglarse para que él la encuentre especial cuando llegue del trabajo. Hoy, con tantas esposas dentro de la fuerza laboral, esto resulta aún más difícil.

¡Es importante que los dos, marido y mujer, se esfuercen por mantener viva la llama del romanticismo! Deben hacer todo lo posible por brindar al otro aquella atención especial y aquel trato cortés que tenían cuando eran novios y recién casados. Un esposo lleno de amor se despide de su mujer con un beso por la mañana, le da un abrazo especial y un beso cuando regresa del trabajo, le agradece y la besa de nuevo «de postre» después de la cena. Quizá le ayude a guardar la loza, se le acerque y la abrace mientras ella hace los quehaceres, etc. Ambos deben ser generosos en sus manifestaciones de cariño y aprecio. Así, el «desenlace» vendrá de un modo fácil y natural. Como los dos se han estado «amando» todo el día y manifestándolo de un modo físico, su matrimonio será algo lleno de alegría y hermosura.

Reflexione y preste mucha atención a este aspecto tan vital de su unión. No permita que nada se interponga en el proceso de forjar este ambiente romántico y amoroso en su hogar. No permita que interfieran las «preocupaciones por el trabajo». No deje que los asuntos de los hijos, el empeño por mantener la casa en «perfecto» orden, ni nada más, le impidan generar en su hogar y matrimonio aquel romanticismo y aquella alegría especiales que su Creador dispuso.

Esposos, no sean exigentes ni malhumorados con su esposa. Anímenla, ámenla de modo que ella desee responder a su afecto y a sus bondades constantes. Procure «darse» a ella de todos los modos que pueda, y haga lo posible por brindarle una vida plena y feliz.

Esposas, dediquen el tiempo y esfuerzo necesario para ser la «amada» de él. Respondan a sus atenciones y aliéntenlo de todos los modos que puedan. Dentro de las leyes de Dios, procuren hacerlo sentir contento y realizado. Sonríanle, bromeen con él, devuélvanle sus besos con pasión y háganlo sentir feliz de haberse casado con usted.

De todas estas maneras, y de muchas más, cada uno de nosotros debe aprender a amar sinceramente a nuestra pareja. ¡Póngase de rodillas y ruegue a Dios que le ayude a tener el cariño que debe tener, a ser el esposo o esposa que debe ser! Y exprésele su gratitud por haberle dado una pareja para toda la vida, con quien pueden ser amantes, amigos y compañeros, con quien pueden compartir plenamente las bendiciones de nuestra existencia física.

Pídale a Dios que le ayude a aplicar todas estas «claves» para un matrimonio lleno de felicidad. Luego, y pese a las dificultades y pruebas que nos llegan a todos, usted tendrá alguien verdaderamente «especial» que lo reanime y lo ayude en el camino. Y en esta unión dispuesta por Dios que llamamos matrimonio, estará aprendiendo de un modo extraordinario, cómo obedecer el segundo de los grandes mandamientos de nuestro Creador: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mateo 22:39).

¿Es el matrimonio un simple contrato?

“Lo que Dios ha unido, no lo separe ningún hombre.” (Mateo 19:6)

LO QUE DICE LA BIBLIA

Para Dios, el matrimonio es mucho más que un simple contrato. Es una unión sagrada entre un hombre y una mujer. La Biblia dice que en el principio Dios “‘los hizo macho y hembra. Por este motivo dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos serán una sola carne. Por lo tanto, lo que Dios ha unido […], no lo separe ningún hombre” (Marcos 10:6-9; Génesis 2:24).

La expresión lo que Dios ha unido no significa que él decide quién se casa con quién, sino que es el Fundador del matrimonio. De este modo se destaca en la Biblia la seriedad de esta unión. Las parejas que ven el matrimonio como algo sagrado y permanente se esfuerzan por sacar adelante su relación. Y las posibilidades de éxito aumentan si siguen los consejos de la Biblia para los esposos y las esposas.

 ¿Cuál es el papel del esposo?

“El esposo es cabeza de su esposa.” (Efesios 5:23)

LO QUE DICE LA BIBLIA

Para que una familia funcione bien, alguien tiene que tomar las decisiones. La Biblia ha encargado esta responsabilidad al esposo. Sin embargo, esto no le da derecho a ser tiránico ni abusivo. Tampoco lo autoriza a descuidar sus obligaciones, lo cual le haría perder el respeto de su esposa y le impondría a ella cargas innecesarias. Dios espera que el hombre se esfuerce por cuidar a su esposa y la honre considerándola su preciada y confiable compañera (1 Timoteo 5:8; 1 Pedro 3:7). De hecho, Efesios 5:28 dice que “los esposos deben estar amando a sus esposas como a sus propios cuerpos”.

El esposo que ama a su esposa valora sus habilidades y talentos, y escucha con respeto sus opiniones, especialmente cuando se trata de asuntos familiares. No debe imponer su punto de vista tan solo porque es el cabeza de la familia. Cuando un siervo de Dios llamado Abrahán se negó a seguir un consejo sabio que le dio su esposa sobre un problema familiar, Jehová le dijo: “Escucha su voz” (Génesis 21:9-12). Abrahán accedió con humildad y, en consecuencia, su familia disfrutó de paz y unidad, así como de la bendición divina.

¿Cuál es el papel de la esposa?

“Esposas, estén en sujeción a sus propios esposos.”(1 Pedro 3:1)

LO QUE DICE LA BIBLIA

Justo antes de crear una esposa para el primer hombre, Dios dijo: “No es bueno que el hombre continúe solo. Voy a hacerle una ayudante, como complemento de él” (Génesis 2:18). Un complemento es una cosa que se añade a otra para mejorarla o completarla. De modo que Dios creó a la mujer, no para ser igual al hombre ni para competir con él, sino para completarlo. Juntos podían obedecer el mandato divino de tener hijos y poblar la Tierra (Génesis 1:28).

Para que las mujeres pudieran cumplir con su papel, Dios las creó con los atributos ideales, tanto en sentido físico como mental y emocional. Cuando los usan con sabiduría y amor, contribuyen en gran manera al éxito del matrimonio y a la estabilidad y felicidad de sus esposos. Para Dios, una mujer así merece alabanza (Proverbios 31:28, 31).

¿Cómo tener un matrimonio feliz?

Los consejos que da la Biblia para tener un matrimonio feliz funcionan porque proceden del mismísimo Creador del matrimonio, Jehová. Nos ayudan a cultivar cualidades que fortalecen el matrimonio y nos advierten contra las actitudes que pueden arruinarlo, además de enseñarnos hábitos de comunicación eficaces. (Colosenses 3:8-10, 12-14.)

Los cónyuges deben respetarse mutuamente. Cuando ambos aceptan el papel que Dios les ha asignado dentro del matrimonio, pueden ser felices. (Lea Colosenses 3:18, 19.)

¿Qué hace que un matrimonio dure muchos años?

Los matrimonios pueden permanecer juntos si se aman. Dios nos enseña cómo se debe amar. Él y su Hijo, Jesucristo, son ejemplos perfectos de amor abnegado. (1 Juan 4:7, 8, 19.)

Si el esposo y la esposa ven el matrimonio como lo que es, un regalo de Dios, se mantendrán unidos. La intención de Dios es que dicha unión sea permanente para darle estabilidad a la familia. Él hizo al hombre y a la mujer de tal modo que se complementaran física y emocionalmente. Además los creó a su imagen y semejanza, es decir, con la capacidad de imitar su manera de expresar amor. (Génesis 1:27 y 2:18, 24.)