Más que cualquier otro ser humano, Jesucristo manifestó el amor de Dios. Lo hizo de muchísimas maneras, pero una de las más importantes y obvias fue que dio su vida voluntariamente y derramó su sangre para ser nuestro Salvador.
Tal como hemos visto, la relación entre Cristo y la verdadera Iglesia simboliza la relación entre el marido y la mujer. Después de una vida de dar y servir, al finalizar su tiempo como ser humano, Jesucristo se dio a sí mismo por la Iglesia. Asimismo se instruye a los esposos: «Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha. Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama» (Efesios 5:25–28).
Normalmente, cada uno de nosotros piensa en sus propias necesidades. Nos ocupamos de nuestros propios deseos. Nos damos gusto en lo que queremos. Pero en el matrimonio Dios nos ha hecho «una sola carne» y debemos aprender a pensar como tal. Debemos considerar constantemente las necesidades y deseos de nuestra pareja y pensar cómo atender a nuestra «media naranja». Esto implica pensar y planear y ejercer dominio propio. Implica darse a sí mismo a otro ser humano. ¡Eso es el matrimonio! ¡De eso se trata!
Uno de los dichos más importantes de Jesucristo lo encontramos en el libro de los Hechos, donde el apóstol Pablo consignó estas palabras: «En todo os he enseñado que es así, trabajando, como se debe socorrer a los débiles y que hay que tener presentes las palabras del Señor Jesús, que dijo: Mayor felicidad hay en dar que en recibir» (Hechos 20:35, Biblia de Jesuralén). Especialmente en el matrimonio, realmente hay mas felicidad en dar que en recibir. Es así porque en la mayoría de los casos, mientras más damos, más recibimos. Mientras más sirvamos, infundamos ánimo y demos, más encontramos que nuestra pareja tiende a hacer lo mismo. Ambos damos. Ambos servimos. Ambos sentimos gusto y aun dicha por el cariño y el aprecio que este círculo virtuoso genera en nuestro matrimonio.
Todo esposo debe siempre reflexionar concienzudamente, preguntándose cómo puede incrementar la alegría y satisfacción de su esposa en la vida. Quizás sea ayudándole a lavar la loza y con los quehaceres domésticos. O más bien, debe hacer prácticamente todo el trabajo pesado en casa. Podría animarla a dormir más, a hacer más ejercicio, tener más horas de distracción o un cambio de rutina. Si la familia tiene los medios, podría sacarla a cenar una o dos veces por semana, o llevarla unos días de «luna de miel» para romper la rutina normal de su trabajo. Sin duda puede enriquecer la vida de su esposa y la suya propia invitándola a conciertos sinfónicos, museos de arte, conferencias educativas y otras actividades edificantes. Todas estas cosas, dentro de lo que sea apropiado en cada situación individual, son solo algunas maneras en que un esposo puede «dar» a su esposa.
A su vez, la esposa debe reflexionar con frecuencia sobre cómo puede enriquecer la felicidad de su esposo así como su vida física, emocional e intelectual. Podría preparar sus comidas favoritas con más frecuencia. O bien, puede animarlo a hacer más ejercicio y a dormir más, y a que se cuide para prolongar su vida. Quizás pueda hacer una siesta por la tarde o después del trabajo, o bañarse y cambiarse de ropa para verse y sentirse más despierta y bonita cada tarde, como hacía en el noviazgo. Puede alentarlo a expresar sus opiniones sobre los hechos de actualidad o temas espirituales. De una manera u otra, ella puede responder generosamente al cariño de su esposo y hacer lo que esté a su alcance para que él se sienta apreciado… y muy agradecido por haberse desposado con una mujer tan amorosa.
Muchos dicen que el matrimonio debe ser un arreglo de 50–50. El hombre lleva la mitad de la carga y la mujer lleva la otra mitad. Sin embargo, ¿quién determina cuál es la «mitad» de cada uno si no están de acuerdo? El verdadero amor implica dar sin esperar nada a cambio. Es dar el ciento por ciento… e ir más allá de lo que creemos que nos «corresponde».
Cristo habló de este principio de hacer más de lo que nos corresponde cuando dijo: «A cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos» (Mateo 5:41). Sí, aunque humanamente no le agrade, lleve la carga otra milla en favor de su pareja. Dios suplirá lo que a usted le falte. Pídale ayuda para dar más afecto, amor y respeto, y con el tiempo recibirá las recompensas y beneficios de un matrimonio mejor.
Piense, pues, en maneras de dar a su cónyuge. Algún pequeño regalo o unas palabras de aprecio hacen mucho. Un abrazo o beso inesperado no requieren esfuerzo de nuestra parte y pueden ser un tesoro para el otro. Una pregunta sencilla como: «¿Cómo te fue hoy?» puede ser como un regalo para su esposo o esposa, si abre la puerta a la expresión de sentimientos e ideas personales.
Conozco a una pareja que vive muy ocupada y sin embargo saca tiempo para demostrar su amor e interés recíproco. Cierta noche, mientras ella servía la cena, le preguntó al esposo: «¿Necesitas algo más?» Él sonrió y dijo: «Necesito tu amor». Ella también sonrió. Entonces él apartó su silla de la mesa, ella se sentó en su regazo y se abrazaron y se besaron. Esta espontaneidad, este anhelo de darse el uno al otro, no puede menos que generar un ambiente de amor y paz.
No siempre es romántico ni es siempre idealista, pero noche y día, año tras año, la pareja feliz se esfuerza por «dar» de sí al otro. Cada uno procura, por todos los medios posibles, ayudar a su pareja a hacer realidad todo el potencial humano que Dios dispuso. ¡No «obtendremos» un matrimonio feliz si no aprendemos a dar un matrimonio feliz!