Otra necesidad absoluta en un matrimonio realmente feliz es el perdón. Cuando dos personas comparten toda su vida, cuando están juntas buena parte de cada día y de la noche, es inevitable que surjan algunos roces. Al fin y al cabo, somos humanos. La mejor manera de resolver este problema, es hacer lo que Dios ordena.
Enfurruñarse, amargarse, pensar mal del otro o atribuirle toda la culpa resulta insensato. No sirve sino para crear más problemas, más disgustos y posiblemente hasta un divorcio. Ciertamente, como hemos visto, hay que hablar de las ofensas y los malos entendidos. Procure escuchar de verdad el punto de vista del otro. ¡No se quede allí pensando en lo que usted va a decir! No piense cómo va a contraatacar o a «desquitarse».
¿Desquitarse?
¿Desquitarse con quién? Si usted capta plenamente y acepta el hecho de que usted y su pareja son «una sola carne» unida para Dios por toda la vida, ¡entonces no intentará «desquitarse» consigo mismo! El mal se lo haría a sí mismo.
Si después de una discusión familiar o de un desacuerdo serio con su pareja sobre alguna ofensa, sea real o imaginaria, usted sigue enojado o molesto con el otro, ¿qué debe hacer? Nuevamente, debe hacer lo que Dios siempre manda en esas situaciones: ¡perdonar al otro!
«¡Pero la culpa fue de él, o de ella!» decimos. «Y además, ¿cómo voy a perdonar si ni siquiera me ha pedido perdón?» La oración ferviente y la guía de Dios nos enseñan a perdonar a toda clase de personas por todo tipo de «males» reales o imaginarios que nos hayan hecho: el conductor que se nos atravesó a la entrada de la autopista, el niño vecino que escucha su música rock a todo volumen por la noche o la vecina que estuvo chismeando de nosotros.
Hablando de acciones muchísimo peores que estas, Jesucristo que es nuestro máximo ejemplo dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34).
Todos debemos llegar a comprender que la mayoría de las personas no nos hacen daño «con intención». No es su intención obrar mal. Simplemete son humanos. Pronuncian palabras ofensivas sin pensarlo o actúan de modo nocivo sin reflexionar sobre lo que realmente hacen. Y muchas veces, eso «duele».
Sin embargo, Aquel que dio su vida por nosotros también nos instruye así: «Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas» (Mateo 6:14–15). Si de este modo debemos perdonar a todas las personas, ¿cuánto más debemos perdonar a nuestra preciosa pareja que se ha convertido en nuestra propia carne y hueso?
Si su esposo continúa entrando en la casa con los zapatos sucios con lodo del jardín o grasa del taller, no es el fin deol mundo. Si su esposa continúa quemando las tostadas una o dos veces por semana, no es cuestión de vida o muerte.
Aprenda a dirigirse a su cónyuge de un modo constructivo. Hable las cosas, desde luego, pero si algunas de estas flaquezas humanas persisten, incluso por años, entonces usted continúe perdonando. ¿No es mejor raspar las tostadas quemadas de vez en cuando, que vivir solo, comer sin compañía y no tener con quién hablar o calentarse en las noches frías? No olvide jamás estas palabras de Jesús: «Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete» (Mateo 18:21–22).