Es importante que con frecuencia le roguemos a Dios que nos dé el «espíritu de perdón». Para algunos, parece terriblemente difícil perdonar a los demás. Es casi como si les agradara guardar rencores y resentimientos durante años.
Recuerde que nuestra ira contra otros humanos generalmente no les hace daño a ellos. ¡Quizá ni siquiera estén enterados! En cambio, a nosotros sí nos hace daño. Nos torna abatidos y de un mal humor que es muy difícil de sobrellevar. Los profesionales saben que estas emociones negativas son factores que contribuyen a causar úlceras, trastornos digestivos, presión alta, e incluso ataques cardiacos. ¡Las emociones negativas nos pueden matar!
Pídale al Padre celestial que le ayude a superar esta tendencia y a amar y perdonar a todo el mundo, ¡especialmente a su cónyuge! Procure cambiar su modo de pensar para no sentirse ofendido tan fácilmente. Recuerde que Dios es el «Padre de misericordias» (2 Corintios 1:3). Al darse cuenta de su propia necesidad de que lo perdonen una y otra vez, pídale a Dios que le ayude a perdonar a otros.
El apóstol Pedro les dice a todos los hombres que den»honor» a su esposa, «como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo» (1 Pedro 3:7). Prosigue con unas instrucciones que se aplican a toda la vida cristiana pero especialmente a la vida matrimonial: «Sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables; no devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino por el contrario, bendiciendo, sabiendo que fuisteis llamados para que heredaseis bendición. Porque: El que quiere amar la vida y ver días buenos, refrene su lengua de mal, y sus labios no hablen engaño. Apártese del mal, y haga el bien; busque la paz, y sígala» (vs. 8–11).
Debemos ver el matrimonio como una especie de «taller» donde aprendemos cómo dar, cómo compartir y cómo perdonar a los demás continuamente. Al estudiar atentamente los versículos anteriores, se hace obvio que Dios quiere que aprendamos a tratar a nuestra pareja con especial bondad y cortesía. En la mayoría de las uniones, cada miembro de la pareja aprende muy pronto a subestimar al otro. Tiende a descuidarse y a hablarle al otro sin delicadeza ni respeto. Puede olvidar que es fácil herir con palabras y acciones desconsideradas. Pueden olvidar la importancia vital de «buscar la paz y seguirla» en el matrimonio.
¡Piénselo! Piense que a su pareja probablemente le cuesta soportar todos los actos de egoísmo y las idiosincrasias que lo caracterizan a usted (¡y a todos nosotros!). Si la situación fuera a la inversa, ¿desearía usted soportarse a sí mismo?
Nadie puede vivir con alegría si guarda adentro ofensas y rencores, especialmente contra su pareja. Siendo así, aprenda, con la ayuda de Dios, a perdonar a su cónyuge todos los días y sigan adelante los dos, forjando una relación verdaderamente íntima y amorosa.