Hemos dejado el tema del «romanticismo» para el final. Aunque es el catalizador que atrae a los jóvenes, con frecuencia les hace olvidar la importancia de los demás aspectos dentro del matrimonio, muchos de los cuales acabamos de tratar.

Sin embargo, debemos tener cuidado de no dejar el «romanticismo» o los sentimientos por fuera. Por mucho tiempo que lleven dos personas casadas, por «ancianas» que parezcan, no pierden la necesidad de recibir cariño ni de vivir un amor romántico. El deseo de besar y de abrazar, de «tener a alguien», es casi tan fundamental para muchos como lo es respirar. ¡Lo cual no tiene nada de malo!

El gran Dios Todopoderoso que nos hizo varón y hembra diseñó específicamente nuestras partes íntimas. Hizo al varón y la mujer atractivos el uno para el otro. Puso dentro de nosotros los sentimientos y emociones que nos llevan a la expresión sexual. ¿Cuál es la primera constancia escrita de una orden impartida por Dios a Adán y Eva? «Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla» (Génesis 1:28).

Notemos que al dar a nuestros primeros padres el «regalo» de la sexualidad y la reproducción humana, Dios «los bendijo». Es así porque la sexualidad, bien entendida dentro de los confines de la unión matrimonial, ciertamente es una bendición. En el sentido físico, produce la unión total del corazón, la mente, las emociones y los cuerpos de dos seres humanos tan profundamente enamorados que se han entregado mutuamente por toda la vida. Como hemos visto, al juntarse representan la unión total que un día será realidad entre Cristo y la verdadera Iglesia de Dios (Efesios 5:22–25).

¡Esta unión ordenada por Dios de un hombre y una mujer dentro del matrimonio es tan importante, que Dios la protege con uno de los diez mandamientos! «No cometerás adulterio» (Éxodo 20:14). Jesucristo, además, amplió o profundizó este mandamiento, haciéndolo aun más firme: «Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón» (Mateo 5:27–28).

Si la unión sexual dentro del matrimonio sirve como una reafirmación del amor, la confianza, el espíritu de dar de cada cónyuge al otro, entonces es algo hermoso y sagrado a los ojos de Dios. Es, además, algo que no debe degradarse presentándolo como algo burdo y grosero por su presentación constante en películas, programas televisados y otros medios de comunicación. Esto solamente rebaja gravemente aquello que Dios dispuso como la expresión  física suprema  del  amor  matrimonial y como símbolo de la unión entre Cristo y su Iglesia.

Como todos podemos ver, Satanás es «diabólicamente» astuto en la forma como degrada y abarata las bendiciones de Dios incitando al mal uso de las mismas. Incitando a millones de personas a abusar de este regalo que es la sexualidad, Satanás puede deshacer la base dispuesta por Dios para toda sociedad decente: el hogar y la familia. ¡Esto es exactamente lo que está ocurriendo en la mayoría de nuestras sociedades ahora! Lo que Dios desea es que los jóvenes casados se amen plenamente. Su revelación inspirada nos dice: «Honroso sea en todos el matrimonio, y el lecho sin mancilla; pero a los fornicarios y a los adúlteros los juzgará Dios» (Hebreos 13:4).

La Biblia también nos instruye así: «Sea bendito tu manantial, y alégrate con la mujer de tu juventud, como cierva amada y graciosa gacela. Sus caricias te satisfagan en todo tiempo, y en su amor recréate siempre. ¿Y por qué, hijo mío, andarás ciego con la mujer ajena, y abrazarás el seno de la extraña?» (Proverbios 5:18–20).

Cuando un par de jóvenes se enamoran, suelen pasar mucho tiempo en actividades románticas. Dan largas caminatas bajo la luna. Cenan en algún café romántico. Quizá salgan a bailar. Se toman de la mano, ríen juntos y se esfuerzan por entender y apreciar a fondo a este ser que están considerando como su posible pareja para toda la vida. Casi siempre andan limpios, arreglados y quizá hasta perfumados. Harán todo lo posible por «presentarse bien» en todos los detalles.

En cambio, terminado el período del noviazgo, la boda y la luna de miel, la mayoría de las parejas empiezan a descuidarse. El esposo quizá no se bañe bien antes de acostarse. La esposa se deja el cabello como un trapero o anda mal vestida dentro de la casa. Tal vez «se le olvida» bañarse o ponerse un vestido atractivo y arreglarse para que él la encuentre especial cuando llegue del trabajo. Hoy, con tantas esposas dentro de la fuerza laboral, esto resulta aún más difícil.

¡Es importante que los dos, marido y mujer, se esfuercen por mantener viva la llama del romanticismo! Deben hacer todo lo posible por brindar al otro aquella atención especial y aquel trato cortés que tenían cuando eran novios y recién casados. Un esposo lleno de amor se despide de su mujer con un beso por la mañana, le da un abrazo especial y un beso cuando regresa del trabajo, le agradece y la besa de nuevo «de postre» después de la cena. Quizá le ayude a guardar la loza, se le acerque y la abrace mientras ella hace los quehaceres, etc. Ambos deben ser generosos en sus manifestaciones de cariño y aprecio. Así, el «desenlace» vendrá de un modo fácil y natural. Como los dos se han estado «amando» todo el día y manifestándolo de un modo físico, su matrimonio será algo lleno de alegría y hermosura.

Reflexione y preste mucha atención a este aspecto tan vital de su unión. No permita que nada se interponga en el proceso de forjar este ambiente romántico y amoroso en su hogar. No permita que interfieran las «preocupaciones por el trabajo». No deje que los asuntos de los hijos, el empeño por mantener la casa en «perfecto» orden, ni nada más, le impidan generar en su hogar y matrimonio aquel romanticismo y aquella alegría especiales que su Creador dispuso.

Esposos, no sean exigentes ni malhumorados con su esposa. Anímenla, ámenla de modo que ella desee responder a su afecto y a sus bondades constantes. Procure «darse» a ella de todos los modos que pueda, y haga lo posible por brindarle una vida plena y feliz.

Esposas, dediquen el tiempo y esfuerzo necesario para ser la «amada» de él. Respondan a sus atenciones y aliéntenlo de todos los modos que puedan. Dentro de las leyes de Dios, procuren hacerlo sentir contento y realizado. Sonríanle, bromeen con él, devuélvanle sus besos con pasión y háganlo sentir feliz de haberse casado con usted.

De todas estas maneras, y de muchas más, cada uno de nosotros debe aprender a amar sinceramente a nuestra pareja. ¡Póngase de rodillas y ruegue a Dios que le ayude a tener el cariño que debe tener, a ser el esposo o esposa que debe ser! Y exprésele su gratitud por haberle dado una pareja para toda la vida, con quien pueden ser amantes, amigos y compañeros, con quien pueden compartir plenamente las bendiciones de nuestra existencia física.

Pídale a Dios que le ayude a aplicar todas estas «claves» para un matrimonio lleno de felicidad. Luego, y pese a las dificultades y pruebas que nos llegan a todos, usted tendrá alguien verdaderamente «especial» que lo reanime y lo ayude en el camino. Y en esta unión dispuesta por Dios que llamamos matrimonio, estará aprendiendo de un modo extraordinario, cómo obedecer el segundo de los grandes mandamientos de nuestro Creador: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mateo 22:39).