La unión conyugal tal como Dios la ordenó es sagrada. ¡Tan sagrada que en su Palabra el Dios Todopoderoso se vale de esta unión como símbolo o modelo de la relación entre Cristo y su Iglesia! Leamos Efesios 5:22-24: «Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es Cabeza de la Iglesia, la cual es su cuerpo, y Él es su Salvador. Así que, como la Iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo». Aquí, Dios muestra que en el hogar cristiano la esposa ha de someterse al esposo como cabeza de la familia, del mismo modo en que tiene que aprender a someterse a Cristo por toda la eternidad. ¡Esta relación santa enseña una lección de fidelidad duradera!
Luego, este pasaje de las Sagradas Escrituras se dirige al varón: «Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la Iglesia, y se entregó a sí mismo por ella… Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama». Jesucristo sirvió, ayudó, preparó, protegió a su Iglesia e incluso se entregó por ella. De igual modo, el marido ha de proteger a su esposa, ver por ella, guiarla, animarla y amarla. El hombre cristiano ha de ser la cabeza de su hogar, pero debe ejercer este cargo para servir y dar protección, guía y felicidad a su esposa y familia. ¡El varón tiene la responsabilidad ante el Dios Todopoderoso de desempeñarse debidamente como cabeza del hogar! Teniendo en cuenta esta gran lección y esta finalidad del matrimonio. Dios dice: «Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne» (v. 31). En la unión conyugal hombre y mujer se hacen uno. Su relación debe entonces representar y reflejar la relación eterna de amor y servicio que existe entre Cristo y su Iglesia. Entre ellos no debe interponerse nada.
La lección del matrimonio es una lección de fidelidad eterna a Jesucristo como nuestra Cabeza. Separamos de la pareja que Dios nos dio es desconocer la lección que quiere enseñamos con el matrimonio. Es una afrenta al Dios Todopoderoso porque niega su sabiduría al ordenar la unión matrimonial que nos hace realmente «una carne» con nuestro cónyuge. ¿Cómo vamos a ser fieles al Dios viviente por toda la eternidad si nuestro egoísmo nos impide ser fíeles al esposo o esposa a quien estamos unidos en esta vida por solo unos años? ¿Cómo permaneceremos fíeles a Él si no aprendemos las lecciones de paciencia, bondad, dominio propio y fidelidad dentro de la sagrada unión matrimonial?