Como se dijo antes, veintenas de mujeres me han dicho con desesperación: «¡Mi esposo sencillamente no me habla! Por eso no hay intimidad entre nosotros: él no me cuenta nada. Se sienta con cara de aburrido a la hora de la cena y por la noche se pone a leer el diario o a mirar televisión».
El anterior ejemplo es típico de millones de parejas. En muchos casos, uno de los dos al menos cree que se está comunicando. Pero el otro (normalmente la mujer) sabe que no es así y se siente sola y frustrada. Siente que ella y su marido simplemente viven en la misma casa. No necesariamente pelean ni se hacen daño físico o siquiera verbal. Pero no hay esa cercanía, esa comunicación abierta, ese compartir de dos vidas ni ese amor que debería existir.
Cierta autoridad en el tema citó a una mujer que llevaba diez años de casada, y que habló así de su matrimonio: «Me parte el alma. Antes de casarme, salía a un restaurante y me bastaba dar una mirada al salón para saber quiénes eran casados y quiénes no. Si la pareja comía en silencio total, o si la mujer parloteaba mientras el hombre comía haciendo de cuenta que ella no estaba allí, entonces eran casados. Yo me propuse que eso jamás me sucediera… pero me sucedió».
¿Por qué hay casos como este? ¿Por qué los esposos y esposas (los que más deberían comunicarse a fondo) no lo hacen?
Amar significa compartir. Todo esposo que se precia de serlo debe cultivar el hábito de comentar sus planes y esperanzas con su esposa, contarle sus pensamientos y deseos más profundos… ¡y no sólo los negativos! De este modo, le hace sentir que ella verdaderamente es «parte» de él. Esta actitud y este trato son mucho más importantes para una mujer de lo que se imaginan los hombres. No obstante, muy pocos comparten su vida en esta forma con su pareja.
¿Por qué?
Los recién casados suelen esforzarse por aprender y adaptarse a las actitudes y preferencias del otro. Les agrada intercambiar opiniones sobre casi todo.
Pasan algunos meses, y después de conocer mutuamente sus opiniones, cuando les parece que entienden sus actitudes, el interés y la emoción de «llegar a conocerse» termina.
Al proseguir la vida en común, y con la llegada de los hijos, la mujer suele interesarse y hablar cada vez más de sus hijos y de mil detalles domésticos que en general son de escaso interés para el marido. La pareja cree conocer lo que el otro piensa de ciertos temas y no se toma el trabajo de comentar.
Respecto de sus hijos, la mayoría de los esposos solamente quieren escuchar lo bueno. Si la esposa le confía los problemas detallados de la crianza de la familia, él se irrita o se aburre. Cuando los hijos están pequeños es cuando más siente la esposa que le hace falta su marido. Sin ningún adulto en la casa con quién hablar, el marido con frecuencia se escabulle detrás del diario o prende el televisor antes que soportar lo que para él es «la repetición de la repetición» de una sarta de frustraciones domésticas.
Un esposo debe tratar a su esposa como su «novia». Debe cultivar y forjar un ambiente de amor, romanticismo e intimidad en el hogar, saludándola con un beso, tomándole la mano cuando salen a caminar y abrazándola con frecuencia durante el día y manifestando su cariño de un modo abierto y generoso.
El amor verdadero implica un profundo y permanente respeto. El hombre debe sentir gratitud para con esa mujer que ha decidido unirse a él por encima de todos los demás y hasta la muerte. Debe respetar este hecho, así como las muchas cualidades de ayuda, paciencia y servicio que prácticamente toda esposa posee. Debe fomentar lo mejor que hay en ella y no tratarla con menosprecio ni críticas humillantes, las cuales, la mayoría de las veces, sólo logran rebajarla y hacerla responder de igual forma.
El hombre debe respetar a su esposa como un ser humano adulto hecho a la imagen de Dios. Tiene que comprender que un día, conforme al plan de nuestro gran Creador, ella será un ser espiritual glorificado y gobernará junto con Cristo sobre la Tierra. ¡Incluso, regirá sobre los ángeles! (1 Corintios 6:3).
Cuando hay comprensión y respeto, todo marido que sea verdaderamente cristiano debe compartir sus ideas, sus planes y su vida con aquella hermosa persona que eligió como compañera para siempre. «Mi esposa es mi mejor amiga» debe ser no una expresión superficial sino una realidad. La pareja que es una verdadera amiga nos ayuda a elevar la autoestima, nos anima en los momentos difíciles y nos hace sentir siempre acompañados. Las parejas que pueden hablar sinceramente de lo que es importante para los dos, incluida su propia relación, son mucho más felices y tienen mayor posibilidad de disfrutar de un matrimonio estable y duradero. Aunque se perciba algún riesgo al abrir el corazón a otro, resulta mucho mejor hablar sobre los problemas que encerrar las heridas y los malos entendidos hasta que se enconen y revienten.