Sin duda, un hombre no debe casarse con una mujer si no la ama sincera y verdaderamente. Reconozcamos, sin embargo, que millones de hombres desconocen el significado de la palabra «amor». Las películas y los malos ejemplos los han llevado a confundir «amor» con deseo. Parecen creer que un apetito sexual, bajo y animal, o el ansia de «obtener» satisfacción con otra persona del género opuesto, constituye el amor. ¡Nada más lejos de la verdad!

El amor verdadero implica dar. Es compartir los planes, las esperanzas, los sueños entre dos personas que anhelan forjar toda una vida conjunta hasta que la muerte los separe. Si no pueden hablar de sus cuitas, sonreír mirándose a los ojos, compartir pequeñas alegrías e intimidades y aferrarse el uno al otro en los momentos de prueba, entonces su amor no es un amor real.

El apóstol Pablo dio esta orden: «Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas» (Colosenses 3:19). Algunos maridos caen fácilmente en la «aspereza» y la amargura porque su mujer no da la talla de un ídolo angelical de perfección ¡que vive únicamente en sus fantasías! ¡Dios nunca dispuso que la esposa fuera un ídolo! No la diseñó para que fuera perfecta en esta vida, ¡como tampoco diseñó así al hombre! ¡No tuvo la intención de que ella fuera una perfecta ama de casa, madre, compañera y diosa sexual en una misma persona!

El Hacedor de todos nosotros la diseñó y la creó para ser una compañera dulce, una ayuda y una inspiración para un hombre que, a su vez, se diera a sí mismo, compartiera sus planes, esperanzas y sueños con ella, le diera ánimo y guía, y que además dirigiera (no controlara) el hogar con una actitud de confianza y amor.

Con mucha frecuencia, especialmente en nuestro mundo moderno, los hombres parecen creer que a la mujer es a la única a quien le corresponde hablar de cosas espirituales e instruir a los hijos en los asuntos de Dios y la Iglesia. Esto es un error, y todo hombre que incumpla su responsabilidad en este sentido ¡está vendiendo su primogenitura! Lo que Dios dispuso es que el hombre cumpla sus responsabilidades y sea el líder espiritual en el hogar.

Veamos esta afirmación en las escrituras: «Quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo» (1 Corintios 11:3).

Todo hombre tiene la oportunidad en la vida de ser el representante directo de Dios sobre su propia casa en: La enseñanza, la instrucción, la dirección y la inspiración de su esposa y sus hijos para que aprendan y obedezcan las palabras de la Santa Biblia y que adoren y sirvan al Dios que los creó. La mayor parte de las mujeres y niños responden al instante y con gusto cuando el hombre cumple con su deber. Los hombres tienen que darse cuenta de esto. Deben ser un ejemplo dinámico de dedicación a su Creador, de estudio de su Palabra, de oración a Dios antes de las comidas y de oración en familia, así como oración privada de rodillas en la habitación, clóset u otro lugar privado.

El hombre debe dar un ejemplo de dominio propio en el temor de Dios. Debe mostrar que es suficientemente hombre y suficientemente fuerte para dominar sus apetitos:  venciendo su afición al tabaco, controlando su consumo de alcohol y demás impulsos, restringiendo sus emociones y dirigiéndolas por las vías correctas, controlando y guiando su lengua conforme a la «ley de bondad». De esta manera le dará buen ejemplo a sus hijos o hijas, quienes jamás lo olvidarán. Es un ejemplo que, además, le ganará el respeto, la admiración y el amor de una esposa sensible y sabia.

Si usted está dispuesto a estudiar la Biblia y a ver lo que dice sobre el matrimonio, si está dispuesto, con la ayuda de Dios, a cumplir las enseñanzas, principios y ejemplos bíblicos en su matrimonio, entonces recibirá gran bendición. Si una pareja de recién casados se pone de rodillas y le implora a Dios sinceramente que la dirija y la guíe en su matrimonio, y si luego los dos estudian su Palabra inspirada y la siguen, tendrán una especie de «Cielo en la Tierra», al menos en lo que respecta a su vida matrimonial.

Aunque esto sorprenda a algunos que desconocen los caminos de Dios, no deja de ser un hecho. Yo he visto estos principios funcionar en mi propio matrimonio y en los de muchas parejas que confiaron en Dios. En la medida en que sigamos esta enseñanza, veremos los resultados.

¡A cada uno le corresponde tener a Dios en el centro  mismo de su matrimonio!, y buscar la voluntad de Dios de todo corazón y en todos los aspectos de su unión, ¡y luego cumplirla!