Una de las ceremonias nupciales tradicionales incluye la expresión «hasta que la muerte nos separe». Aunque muchos jóvenes desprecian esta idea, es absolutamente esencial que todo matrimonio se edifique sobre ella. Tal como hemos visto, Dios fue quien ordenó el matrimonio. Jesucristo fue quien dijo: «Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre» (Mateo 19:6). Si bien los sicólogos, consejeros  e incluso muchos  ministros  llamados  cristianos parecen deseosos de brindar toda suerte de «válvulas de escape» a los casados, ¡Dios no! Cierto es que la «inmoralidad sexual» (porneia en griego) es causal de divorcio reconocida por Dios, pero lo que la voluntad divina expresa, es que el matrimonio sea un compromiso ¡de toda la vida! Notemos este pasaje clave en la Biblia que es la revelación divina para la humanidad: «Esta otra vez haréis cubrir el altar del Eterno de lágrimas, de llanto, y de clamor; así que no miraré más a la ofrenda, para aceptarla con gusto de vuestra mano. Mas diréis: ¿Por qué? Porque el Eterno ha atestiguado entre ti y la mujer de tu juventud, contra la cual has sido desleal, siendo ella tu compañera, y la mujer de tu pacto. ¿No hizo él uno (la traducción correcta es: no los hizo él uno), habiendo en él abundancia de espíritu? ¿Y por qué uno? Porque buscaba una descendencia para Dios. Guardaos, pues, en vuestro espíritu, y no seáis desleales para con la mujer de vuestra juventud. Porque el Eterno Dios de Israel ha dicho que él aborrece el repudio, y al que cubre de iniquidad su vestido, dijo el Eterno de los ejércitos. Guardaos, pues, en vuestro espíritu, y no seáis desleales» (Malaquías 2:13-16).

En los versículos citados, Dios habla del matrimonio como un «pacto». Muestra que uno de los objetivos del matrimonio es producir «una descendencia para Dios». Es obvio que para ello se requiere una relación estable y amorosa. Tres veces en este pasaje, Dios habla de alguien que obra de modo «desleal» y desbarata un matrimonio.

Habla así porque, entre otras cosas, el matrimonio es una «prueba». Es una prueba para ver si seremos leales a las instrucciones divinas respecto del matrimonio y la pareja con quien compartimos esta relación santificada. ¿Cuánto «dará» usted de sí mismo a ese otro ser humano? ¿En qué medida tendrá paciencia, bondad y humildad con el fin de que la unión funcione? Además, Dios dice que Él «aborrece» el divorcio (v. 16). No aborrece a los divorciados, pero sí odia el egoísmo, la lujuria, la vanidad, el egocentrismo y la «deslealtad» que casi siempre están presentes cuando un matrimonio se deshace en un divorcio.

La poderosa enseñanza del apóstol Pablo debe tenerse en cuenta en todo matrimonio: «Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella» (Efesios 5:22-25). Estos versículos muestran claramente que el matrimonio es un símbolo de la relación entre Cristo y la Iglesia. La relación es de total sumisión el uno al otro y a la voluntad de Dios. Debe ser una relación que se mantiene «hasta que la muerte nos separe». Debe simbolizar el amor, el interés total y generoso por el otro, así como la confianza y estabilidad que de ello resultan y que existen entre Cristo y su Iglesia.