Comprendemos ahora que el matrimonio no es algo que simplemente ha evolucionado gracias al razonamiento y al proceso civilizador del hombre, sino que fue ordenado por el Dios Creador.

¡Él lo dispuso como una unión santa que representara la fidelidad eterna entre Cristo y su Iglesia! Y el adulterio en todas sus formas es inmoral y malo porque el matrimonio es sagrado a los ojos del Dios Todopoderoso. El adulterio constituye una ofensa no solamente contra el esposo o esposa agraviado sino contra su hogar y sus hijos. Es una ofensa contra la sociedad porque choca contra el propio fundamento de una sociedad decente. Pero más que todo, es una ofensa contra el mismo Dios y contra una institución que Él estableció.

Hoy en muchos países la sociedad de hecho rechaza a Dios, buscando para el matrimonio un ideal romántico de tipo Hollywood. Con sutileza, anima a hombres y mujeres a quebrantar el pacto matrimonial si el esposo o esposa de su juventud no satisface sus deseos sensuales y egoístas. Cuando, en una sociedad, el matrimonio es visto como un carrusel donde la gente se sube y se baja a voluntad, entonces se pierden las lecciones de carácter esenciales que el matrimonio puede y debe enseñar: interés generoso por el cónyuge, paciencia, misericordia, humildad, servicio y fidelidad duradera. Tampoco se tienen en cuenta ni el sufrimiento de los hijos ni el daño irreparable que se les hace en la vida y en la mente, daño que se transmitirá a generaciones y matrimonios futuros.

La realidad es que Dios odia el divorcio, aunque permite que algunos matrimonios y hogares sean destruidos por este: «Porque el Eterno Dios de Israel ha dicho que Él aborrece el repudio…» (Malaquías 2:16). Y también: «El Eterno ha atestiguado entre tí y la mujer de tu juventud, contra la cual has sido desleal, siendo ella tu compañera, y la mujer de tu pacto» (v. 14). No hay duda de que Dios detesta el divorcio, aunque lo permite. Para aprender las lecciones que Él dispuso en el matrimonio, los verdaderos cristianos deben hacer todo lo posible por unirse a su cónyuge en cuerpo, mente y actitud. Deben esforzarse por comprender a su pareja, por compartir libre y alegremente sus planes, sus esperanzas y sus sueños. Y con la ayuda de Dios, podrán sofocar cualquier pensamiento de adulterio o lascivia que se presente. El pecado de lascivia se entiende mejor cuando comprendemos cuan justa y santa es, a los ojos de Dios, la sexualidad bien entendida dentro del matrimonio. El adulterio, así como el proceso de divorcio y nuevas nupcias suelen comenzar en el corazón.

Notemos cómo Jesucristo explicó este punto al magnificar y santificar la ley de Dios: «Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón» (Mateo 5:27-28). Jesús enseñó que se quebranta el séptimo mandamiento con solo dar entrada a ideas de lascivia por otra persona. Los pensamientos generan acciones. Por tanto, el desarrollo del carácter cristiano implica, para toda persona temerosa de Dios, que aprenda a orientar y canalizar los pensamientos; alejándolos de toda lascivia y deseo ilícito.

Mientras tanto, en las industrias que controlan los órganos de difusión más realistas, los cuales influyen en los jóvenes y los mueven a actuar (nos referimos al cine y a la televisión), un número creciente de producciones resaltan la sexualidad y la violencia o una combinación de ambas. ¡Y la sociedad moderna está pagando una pena terrible por esos pecados y abominaciones tan extendidos! Vemos cada vez más hogares desdichados por causa de las relaciones adúlteras de uno o ambos esposos. Vemos más familias deshechas por el divorcio. Más niños privados del amor y de la guía de ambos padres. Y las relaciones sexuales ilícitas antes del matrimonio, que Dios llama «fornicación», se están convirtiendo en epidemia entre los jóvenes de la sociedad actual. ¡Todas estas cosas constituyen una violación del séptimo mandamiento! Los jóvenes que degradan y destruyen la felicidad de su matrimonio futuro mediante relaciones prematrimoniales ilícitas ponen gravemente en peligro todo su futuro en esta vida. Si no se arrepienten y suspenden tan abominable práctica, obligarán a Dios, por necesidad eterna, a excluirlos de su Reino y de su vida y felicidad eternas (1 Corintios 6:9-10). Las leyes de Dios son siempre para nuestro bien y el de quienes nos rodean. Debemos obedecerlas. Debemos temer la posibilidad de caer entre los «abominables» y los «fornicarios» que «tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda» (Apocalipsis 21:8).